
En el tren de cercanías habitan animales de costumbre. Gentes acostumbradas al trajín de las grandes ciudades que se aislan en la forma en la que pueden: con libros, pequeños altavoces en los oídos, o perdidos en su monotonía, mirando más allá de los grandes cristales que los llevan de la noche al día y del día a la noche en un viaje continuo. Rubén sabe esto y lo aprovecha, busca a su presa entre la multitud y la identifica. Hoy es una chica que aguarda su destino sentada. Tiene el perfil. Si alguien le pidiera que explicara como elige a sus víctimas no podría decirlo, pero hace seis meses que actúa así y nunca se equivoca. Tal vez sean las personas que la rodean, o ella embebida en la lectura y la música.
Se acerca, también lleva cascos puestos, finge escuchar algo pero está concentrado en los demás. Atiende al hombre de mediana edad que lee una novela histórica al lado de la muchacha; también al joven del libro electrónico negro que se sienta dos sitios más allá; a la señora que lleva a un bebé en el carrito al que hace carantoñas; a los dos niños que acuden al colegio con las legañas pegadas a los ojos dándose codazos disimulados bajo los impermeables y a la sudamericana que lee un periódico gratuito. Rubén simula ser un abstraído más mientras se acerca a ella que dejó el sus cosas en una posición cómoda. El tren sigue su rodar continúo. Pronto una voz femenina, pregrabada e impersonal, avisará de que llega a la estación: debe actuar antes. Cuando llega a la altura de la muchacha, abre la cremallera del bolso rojo, ella no se percata. Sus dedos finos topan con la cartera antes de lo que pensaba, la coge con suavidad. Justo a tiempo: todo un éxito, como siempre.
El ladrón fija los ojos en la gran pegatina que anuncia el recorrido de la línea y decide que su próximo objetivo será la línea gris de metro. Esa que es un girar ininterrumpido alrededor de la ciudad.
Letras rojas aparecen sobre el panel negro al fondo del vagón, acompañando a la voz de mujer que anuncia el fin de su trayecto: “Próxima estación:…”
Se acerca, también lleva cascos puestos, finge escuchar algo pero está concentrado en los demás. Atiende al hombre de mediana edad que lee una novela histórica al lado de la muchacha; también al joven del libro electrónico negro que se sienta dos sitios más allá; a la señora que lleva a un bebé en el carrito al que hace carantoñas; a los dos niños que acuden al colegio con las legañas pegadas a los ojos dándose codazos disimulados bajo los impermeables y a la sudamericana que lee un periódico gratuito. Rubén simula ser un abstraído más mientras se acerca a ella que dejó el sus cosas en una posición cómoda. El tren sigue su rodar continúo. Pronto una voz femenina, pregrabada e impersonal, avisará de que llega a la estación: debe actuar antes. Cuando llega a la altura de la muchacha, abre la cremallera del bolso rojo, ella no se percata. Sus dedos finos topan con la cartera antes de lo que pensaba, la coge con suavidad. Justo a tiempo: todo un éxito, como siempre.
El ladrón fija los ojos en la gran pegatina que anuncia el recorrido de la línea y decide que su próximo objetivo será la línea gris de metro. Esa que es un girar ininterrumpido alrededor de la ciudad.
Letras rojas aparecen sobre el panel negro al fondo del vagón, acompañando a la voz de mujer que anuncia el fin de su trayecto: “Próxima estación:…”
El texto es mio. La foto la tomé prestada de esta página
6 abren la puerta:
Un perfil trazado con precisión. Definitivamente el punguista, caco, ladronzuelo analiza signos como un experto en semiótica. Lee, interpreta sus víctimas en la confusión del gentío y desde luego, vive de la distracción. Si olvidamos por un momento el delito, podríamos decir que lo suyo tiene un qué de artístico…Jajajajaja! Sí, estuve demasiado generosa con el delincuente! Son tus buenas letras guapa! Besazo largo!
Me has engañado haciéndome creer que el susodicho personaje iba con otras intenciones...
Hedido
Excelente descripción de Rubén que se nos vuelve tan propio de las ciudades. Pensé por un momento que no le alcanzaría el tiempo para cometer el delito; pero ya ves, Rubén sabe.
Un saludo, Anabel.
Manos de seda, bolsos que ceden, miradas absortas en la hoja que no cesa. A hurtadillas el hurto es un hecho, que la habilidad acentúa en el espacio incontrolable. El mundo de las ciudades nos ha hecho más frágiles sin apenas darnos cuenta.
Suerte que en mi ciudad, no hay esos transportes, tan rápidos, eficientes.Pero impersonales y peligroso, que diría mi madre. ¡ten cuidado Pedrito!.
intrigante el relato,hasta el final, como mandan los canones novelescos.
Releo mi comentario y rectifico: donde pone " hedido" debía haber escrito, un abrazo, Anabel.
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